jueves, 20 de abril de 2017

Costa Rica 1a Parte


Atravesando fronteras PANAMA-COSTA RICA

El paso a Costa Rica no fue tan duro como llegué a pensar. En Bocas te vendían Shuttles por 37 dólares, sin contar las tasas, para llegar a San José, capital de Costa Rica. Quise probar por mi cuenta, para ahorrarme unos cuantos dólares. Cogí un taxibote a Almirante por 6 dólares, después me hice amiga de uno que llevaba los shuttles y me dejó por 6 el viaje a Sixaola, el paso fronterizo, dónde tuve que pagar 4 dólares para entrar al país.

No tuve problemas en ningún momento, ni me pidieron el billete de avión de vuelta, cosa que aún no tengo. Cuando crucé el famoso puente fronterizo de Sixaola a pie, un hombre que decía ser el que conducía el bus a San José, quería que le diera 13 dólares para comprarme el billete de bus, metiéndome de por medio a una chica que no entendía español y otras historias que me estaba contando que no me encajaban. Decidí mirarle desafiante y le dije que no necesitaba ayuda. Me dijo: “Pareces desconfiada”. Fui a darme un paseo por los pequeños comercios para gastarme mis últimos dólares y cuando fui a comprar el billete, costaba 12 y el hombre se cogía un bus, de nuevo, para Panamá. Si le hubiera dado el dinero a ese supuesto conductor de bus, tendría que haber pagado por dos.
La mayor parte del viaje, 6 horas, fui dormida. Al llegar al último trayecto, abrí los ojos. Una hora atravesando el Parque Nacional de Braulo Carrillo. Una carretera que transcurría por elevadas formaciones selváticas que mis ojos, por más que miraba hacia arriba, no llegaba a ver el fin. El verde de Costa Rica ya lo estaba disfrutando. Pura Vida.

Que ganas de descubrir lo que me deparará este país. La primera parte con Nacho y unos amigos, y la segunda parte con mi tía.

Viajando a Santa Teresa-Reserva Cabo Blanco

Nacho llegó por la noche y se me hizo raro verle ahí. Blanquito y con su mochila, con ganas de empezar el viaje por Costa Rica. Cenamos algo y nos dormimos pronto porque al día siguiente teníamos que madrugar. En San José, no hay nada que hacer.

Fuimos a Santa Teresa, cogimos un bus de San José a Punta Arenas  y luego un ferry  a Paquera y por último otra vez un bus super local a Santa Teresa. El camino en ferry fue muy placentero, divisando el mar y el seco paisaje de esta zona. El último bus fue un horror. Era de estos buses antiguos y medio rotos. El camino estaba lleno de baches y fue todo un infierno saltando en los asientos  a 40 grados mientras entraba todo el polvo del camino.
El hostal dónde nos quedamos, bastante agradable. Con sus hamacas, un árbol genial que rodeaba gran parte del hostal, lagartos enormes, un árbol de anacardo (curioso) y con una cocina amplia.
Dimos una vuelta por la única calle que había. Era una nube de polvo, polvo y más polvo. Muchos quads, motos, 4x4, haciendo únicamente que el polvo ascendiera hasta nuestras narices.
Santa Teresa es un lugar para surfistas. Fuimos por la tarde a la playa para disfrutar de sus olas y ver la puesta de sol. Un lugar muy tranquilo y entretenido para ver a la gente pasear, surfear y relajarte con el sonido de las espumillas de las olas fuera de aquella nube de polvo.
Al día siguiente nos levantamos pronto y desayunamos como los campeones. Ya teníamos alquiladas las bicis para irnos a la Reserva de Cabo Blanco. Unos tres o cuatro kilómetros en bici hasta llegar a Malpaís, pueblo de pesadores, dónde, antes de llegar, unos monos aulladores saltaron por encima de nuestras cabezas.
Allí aparcamos las bicis y atravesamos el letrero que ponía “Prohibido el paso” custodiado por un carroñero no identificado, al lado de la Playa de los Suecos, a la cual volveríamos para descansar.
Nos adentramos por el camino. Un camino rodeado de palmeras y árboles espectaculares. Anduvimos unas dos horas.
De repente, Nacho se puso alerta. Escuchó un movimiento de ramas y buscó rápidamente la navaja. Nos habían dicho que en ese parque había, por lo menos, un jaguar y un puma. Yo estaba tranquila y de todas formas, si apareciese alguno de estos dos animales, con una navaja suiza no nos íbamos a salvar. Nos acercamos más y más a ese lugar y lo único que había era un oso hormiguero comiendo! Más adelante vimos una ardilla, que se quedó paralizada al vernos.
Nos topamos con la caseta de los guardias que tuvimos que bordear por la playa. Una preciosa oportunidad para ver el azul y refrescarnos. Nos metimos por un camino super seco  que nos llevó a otra playa. Allí hicimos un descanso, dónde, como Adán y Eva, pero sin serpiente y manzana,  nos quedamos tranquilamente sin miedo de que NADA ni NADIE pudiera aparecer.
Volvimos deshaciendo el camino. La marea estaba más alta y acabamos mojándonos las botas por esquivar la caseta de los guardas. Sin éxito porque nos pillaron y nos advirtieron de que no volviéramos a colarnos en ningún sitio. Pura vida, no estaban enfadados.
Llegamos dónde estaban aparcadas las bicis y pasamos unas horas en la Playa de los Suecos. Una playa preciosa dónde el mar estaba un poco revuelto, pero eso no le impidió a Nacho saltar olas. En una de estas yo me estaba acercando a la orilla y me dijo que había visto un pez enorme, no sabía si lo que vio fue un tiburón o una roca, pero vio algo.
A mí no me gusta estar mucho en el agua si no es para bucear y en aquella playa no se podía, así que me fui en busca de bichitos. Vi lagartos enormes tomando el sol, monos aulladores observando  desde los árboles y una garza parda.
Volvimos al hostal, destrozados por el calor, sin agua, quemados y hambrientos. Repusimos fuerzas y nos fuimos a pasar la tarde a la playa para ver la puesta de sol. Una de las más bonitas que he visto, junto a mi Maki.
A la mañana siguiente madrugamos para coger un bus, que iba con bastante retraso, para llegar al Ferry. El conductor no paraba de decir: “Que perdemos el ferry papito”. Conducía bastante rápido por aquella carretera estrecha y llena de curvas. El busero y el capitán del ferry estaban en contacto a cada minuto y el ferry no tenía intención de esperar. A falta de medio minuto llegamos y pudimos embarcar todos, con bus incluido ¡pero por los pelos!

De vuelta en San José, esperamos unas horitas, dónde nos encontraríamos con unos amigos de Nacho, para continuar con el viaje.

Volcán Poas

En el aeropuerto aparecieron Yoyis y Elvira. Ellos ya llevaban desde Enero de mochileros. Ferdi apareció un par de horas después, volaba desde Madrid. Yoyis y Ferdi eran amigos de Nacho de las Rozas, de siempre y yo ya les conocía. Con las prisas y sin saber muy bien dónde alquilar un coche, idea que no compartía, cogimos el primero que nos ofrecieron. Parecía un buen coche que posteriormente dio algún problemilla, pero Ferdi lo manejo estupendamente todo el camino, un magnífico conductor de primera.
Ya era oscuro cuando nos pusimos en marcha, pero teníamos ganas de avanzar en el camino. Pusimos la ruta hacia al Arenal. A los 15 minutos volvíamos a estar en el aeropuerto, nos habíamos perdido. El GPS era una auténtica mierda. Así pues, decidimos ir hacia el Volcán Poas que, en teoría, estaba más cerca, tardamos unas cuantas horas. El camino, estrecho y sin apenas luz, se hizo un poco largo, esquivando perros y  atravesando las montañas, el coche cada vez tiraba menos por los elevados caminos.

La temperatura iba siendo cada vez más fría y no sabíamos dónde íbamos a dormir. Con una aplicación que nos mostraron Elvira y Yoyis dimos con un parking dónde podíamos echar las tiendas de campaña. Ferdi nos trajo una. El dueño del bar nos dijo que podíamos poner las tiendas, pero que la noche iba a ser fría. Nos ofrecía una habitación por 8 dólares cada uno. Lo rechazamos por ahorrar. Fue una malísima idea.

Yoyis y Elvira durmieron en su carpita, con sus esterillas y saquitos calentitos. Nos dieron la opción de compartir parte de su material, pero mejor que durmieran dos bien que cinco mal. Nacho, Ferdi y yo dormimos en el coche. Desde esta noche formamos equipo. Ellos en el asiento del conductor y copilo recostados y yo acurrucadita en el maletero. Fue una noche horrible para nosotros. El frío y el poco espacio no nos dejaron descansar lo que nos merecíamos. Recuerdo sólo un sueño, un atardecer rosado con árboles.

Podríamos haber pagado esos 8 dólares para descansar y tener estas  vistas espectaculares al levantarnos…
Desayunamos en la tienda de al lado y pudimos probar las fresas y un queso típico de allí, palmito.
Nos pusimos en marcha para ir a conocer el Volcán Poas. Estaba activo y las vistas fueron espectaculares, nunca vi algo parecido.
A los veinte minutos los vapores ya no dejaban ver el volcán.
Después anduvimos por un sendero dónde el musgo era el protagonista. Un camino precioso, tranquilo y muy puro.
Al acabar con nuestra visita al volcán fuimos a conocer y dar una vuelta al pueblecito que da nombre al volcán o el volcán da nombre al pueblo: Poasito. Dedicado al cultivo de fresas y palmito. Un lugar con sus encantos, su gente y sus ricas fresas con chocolate y leche condensada que me regaló el chico de la tienda.

Arenal

Programamos el GPS para irnos al Arenal ese mismo día. El camino en coche, pasando por los pueblecitos, fue muy entretenido y precioso.
Pasamos por uno que me llamó la atención. Se llamaba Sarchi. Lo más popular de allí con las carretas para bueyes, pintadas con detalle y muchos colores que servían, en sus tiempos, para transportar el café del Valle Central hasta el puerto en la costa del Pacífico. Aquí se encuentra la carreta más grande del mundo. De esto ya me habló mi gran amigo Andreas cuando vio el dibujo que hice en Boquete.
Seguimos nuestra ruta, haciendo paradas técnicas cada poco tiempo. No éramos capaces de avanzar más de 10 km sin parar para comprar algo
Ferdi conduciendo y yo de copilota, hablábamos sobre lo bonito que era este camino. Intentaba sacar alguna fotillo a los hermosos paisajes desde la ventanilla del coche.

Llegamos al Arenal, en La Fortuna, en el momento perfecto para disfrutar de las vistas al volcán, desde lo que sería nuestro lugar de acampada.
Espectacular el Arenal y el atardecer rosado con el que había soñado exactamente la horrible noche del día anterior.
El camping no podía estar mejor situado. Tiramos las tiendas sobre la mullido grama (césped) y para celebrar por lo bien que lo habíamos hecho, Ferdi y Nacho, nos invitaron a una Barbacoa.
El camping tenía grill, fue un puntazo.
Esa noche dormí tan a gusto que ni me levanté para ver el amanecer, por suerte estaba nublado.

Por esta zona hay muchas actividades que hacer: termas, ríos, rutas... Nosotros queríamos algo menos turístico y alternativo e intentamos ir a un lugar que nos aconsejó el guarda del camping: El Bosque de los niños eternos.

Nos adentramos por las montañas con el coche que no tenía demasiada fuerza. Un camino con bastantes curvas pero bonito, como siempre, eso nunca defrauda.
Vimos carteles de PELIGRO SERPIENTES. Mis compañeros empezaron a tener una risa nerviosa. Subimos y subimos cruzándonos con enormes camiones, cerca se estaba construyendo la central hidroeléctrica más grande de Costa Rica.
Cuando llegamos al punto dónde se empezaría el sendero el guarda del parque no estaba y el camino, que llevaba a unas supuestas termas, estaba cerrado por mantenimiento.
Fue un gran palo porque el camino fue largo y complicado y teníamos que volver. Allí no se podía hacer nada salvo andar por los caminos que llevaban a fincas privadas.
Y disfrutar de las grandiosas vistas.
Por suerte, ningún camino es en vano y allí pude observar una bella mariposa que no pude fotografiar. Se trata de la especie Danaus plexippus conocida mundialmente como la mariposa monarca. Pero esta especie costarricense no hace migraciones masivas como las que habitan en Canadá, Estados Unidos y México, es residente y posee algunas pequeñísimas diferencias en las alas con las otras. Tuve que coger una foto de internet.
Volvimos a la zona del volcán y debajo de un bonito puente que atravesaba un río, pudimos encontrar un lugar perfecto para acampar.
Nos dimos un baño en el río dónde Ferdi me enseñó sacar esta preciosa foto jugando con los tiempos de la cámara.
Este camping estaba situado en la finca de un tico bastante gracioso llamado Willerth que nos explicó cómo llegar a nuestro próximo destino: Cahuita, por medio de un mapa bastante poco intuitivo, pero al hombre le hacía muchísima ilusión ayudarnos, así que, prestamos atención, entre risas, por el modo tan peculiar que daba la información.
El lugar era precioso y tranquilo. Allí estábamos solos, sin contar la multitud de animales que había.
Por el camino me encontré con una ranita bebé.
Tenía faisanes. Unas aves con millones de colores, coquetas y curiosas que posaban frente a mi cámara.
Pavos reales. Nunca vi ave tan bonita con tantos detalles. Hembra marrón, macho azul. La cabeza de esta bellísima ave me dejó con la boca abierta.
Gallinas y gallos de todo tipo, algunas con peluquín, otras denominadas de pijama brahmán y gallina guinea con puntos..
Gansos protectores y con cara de pocos amigos. No me dejaban acercarme.
Esa noche, Nacho y yo dormimos en una cama elástica y pudimos levantarnos con el sonido de los grillos y animalitos. No fue el mejor descanso, pero mereció la pena.

Cahuita

Pusimos rumbo a Cahuita, en el Caribe. Por el camino nos paramos para comprar unas piñas y un fruto tropical con forma de vaina llamada guama. Con sabor dulce que solo se come la pulpa. Riquisima.
El camino que, supuestamente, iba a ser de tres horas, fueron casi siete, nos perdimos muchísimas veces, las carreteras de este país son horribles y la explicación de Whilerm era catastrofal. Siempre fui partidaria del bus. A mitad de camino, Nacho empezó a ponerse nervioso porque no encontraba su cartera y su pasaporte. Nos paramos y buscamos. A un paso de llamar al hostal, por si se le había caído allí, la encontró en uno de sus múltiples bolsillos. Menos mal!!!

Llegamos muertos de hambre a Cahuita y nos permitimos el lujo de comernos un casado (arroz, frijoles, ensalda y patacones) con pescado. A los demás les duró 5 min. Yo disfruté cada bocado.
Se nos hizo un poco tarde para ir a la playa y dimos un paseo por el pueblecito acabando en el hostal regentado por una señora holandesa bastante hippie. Nos quedamos allí pensando en lo que lo que haríamos al día siguiente mientras los mosquitos se alimentaban sin miedo alguno, de nuestra sangre.

Al día siguiente nos pusimos rápidamente en pie, no había tiempo que perder. A las seis de la mañana estábamos en la entrada del Parque Nacional de Cahuita para poder observar más vida animal.
Por la mañana y al atardecer, siempre se pueden observar más animalillos, esto es porque hace menos calor. Disfrutando de un precioso caminito bordeando la playa, cruzando un río de agua rojiza salada debido al manglis de la familia de los manglares que le da ese color cobrizo al agua.
En ocasiones, el sendero se metía en la jungla. Pudimos ver muchas ardillas, arañas descomunales, hermitaños, los favoritos de Nacho, algún caimán y tortuga tomando el sol, mariposas increíbles.,

También vimos la mariposa Morho Azul, sin duda, una realiza entre los lepidópteros. La he estado viendo durante mi viaje, pero nunca he podido tener el placer de fotografiarla. Su gran tamaño y color azul intenso, creo, que es una de las mariposas más bellas del planeta. Lamentablemente, pronto, en peligro de extinción por la atención de coleccionistas. Su nombre, Morpho, que significa cambiado o modificado, se debe a que su color es diferente al que realmente es. Su color no es debido a la pigmentación sino es de tipo estructural, lo que significa que el color azul brillante es el resultado de la disposición de las escamas y el reflejo de la luz en ellas. La foto no es buena, pero me vale. Quizás tenga otra ocasión. El problema, es que esta mariposa cuando se posa cierra las alas!
A mitad de camino hicimos una parada en la playa para descansar. Ferdi me dejó un polarizador para sacar fotos cuando hay mucha luz y pude sacar esta bonita foto de la playa. Con Ferdi aprendí muchas cosas sobre fotografía.
También enseñé a Nacho a abrir un coco. Todos colaboraron para abrirlo, tarea que no es fácil si no tienes un machete (o un martillo, en mi caso).
Compartimos el agua y la carne la compartimos con los monos cariblancos que se acercaron a toda prisa al oír que estábamos rompiendo un coco. No son tontos. Es lo único que comimos desde el día anterior que nos comimos ese plato que tanto disfruté.
Durante los ocho kilómetros del recorrido yo me sentía débil, de mal humor, sofocada y no pude disfrutar tanto como otras veces.

De vuelta en bus al pueblo comimos un platazo de arroz con mariscos en el mismo lugar que el día anterior. Esta vez no lo comí lentamente. Teníamos todos un hambre que daba calambre…., ellos se pidieron un café después de comer, yo opté por una piña colada,
Dimos un paseo por el pueblo...

Después de recuperarnos pusimos rumbo a Puerto Viejo dónde decidimos no pasar la noche, sino en Manzanillo, un lugar más tranquilo y alejado del jaleo que se cuece en el pueblo de al lado.

Manzanillo

Aquí encontramos un lugar dónde pasar la noche no muy ideal. Los colchones estaban sobre cuatro tablas de madera y tuvimos que idearlas para poder descansar lo mejor posible.

Al día siguiente nos fuimos a hacer una caminata desde la playa de Manzanillo hasta Punta Mona. Fueron los ocho kilómetros más bonitos, hasta el momento en Costa Rica. Inmersos en los bosques primarios del Refugio Nacional de Vida Silvestre GANDOCA-MANZANILLO. Un paraíso biológico, cultural y humano dónde pudimos disfrutar de un sendero precioso. Yo, por lo menos, lo disfruté. 
La primera parada la hicimos en un bonito mirador. Con vistas a rocas que emergían del mar. Las olas saltaban haciendo espirales y se podía sentir una brisilla que no venía mal, ya que los rayos del sol caribeños estaban presentes. Para mi gusto, empezamos a andar muy tarde.
A pocos metros del mirador nos confundimos de camino, pero fue una equivocación bastante acertada, porque allí pudimos disfrutar de una playa preciosa. Con aguas de color verde esmeralda. El grupo se bañó mientras tanto yo me quedé creando un instrumento para cazar langostas. Le pedí a un indígena un hilo de pesca, con ello, con imaginación y con lo que me enseñóCristo en Bastimentos, pude formar EL INSTRUMENTO. Tirando del hilo, el círculo se cerraba. La idea era coger a la langosta desprevenida por la parte de la cola y tirar. Aunque no las vimos, Nacho vio un cangrejo hércules escondido entre las rocas. Me metí y con ayuda de Nacho asustándolo y Ferdi con una bolsa lo pude coges con el invento. Una pareja se acercó curiosa y nos regaló otra que habían cazado ellos. Ya teníamos cena!
Después de la cacería continuamos andando. Nos quedaban aún dos tercios de camino. A mí no me importaba ni la distancia ni el sol. Estaba disfrutando del paisaje. De la espesura del bosque, del sonido de los bichos, del cantar de los pajaritos, de los olores. Muchas veces quedaba atrás, a veces me unía al grupo para compartir las cosas que había aprendido de mi viaje sobre los pájaros. Ya sabía identificar el cantar de algunos y gracias a eso pude ver tucanes sobrevolando el cielo, difícil captarlos con la cámara.

Seguimos el sendero, en ocasiones, señalado por unas tiras naranjas o con flechas, sin esas tiras hubiera sido imposible.
Atravesamos caminos embarrados, estrechos, hubo alguna caída que otra. Vimos bastantes arañas que construían sus casitas entre los árboles, eran gigantes con unos colores impresionantes. Si no andabas con cuidado podías quedar atrapado en sus hilos de seda de color amarillo, más fuertes que los otros. 
Vi también una pequeña araña rosa mimetizada con el color rosado de las hojas y una preciosa mariposa negra.
Por el camino Nacho encontró una pequeña ranita, conocida como blue jeans, porque su cuerpo es rojo y patas azules, aunque en esta ocasión sus patitas no eran tan azules. Muy venenosa y del tamaño de una uña de dedo pequeño.
Encontramos por fin el letrero de Punta Mona.
Me quedé con Nacho viendo el jardín y observando a las oropéndolas que tenían un sonido muy gracioso: glugligluglu. Ya las conocía de Panamá, aves negras con la cola amarilla. Un árbol repleto de nidos con crías de estos pájaros que no paraban de revolotear trayendo alimento.
Llegamos hasta la playa.

Por nuestra sorpresa estábamos metidos en una comunidad hippie Se dedicaban a la permacultura, algo que le hubiera gustado mucho conocer a mi queridísima amiga Ope. Aquí se podía acampar, hacer voluntariado que costaba 800 $ dos semanas dónde te enseñarían todo sobre plantas, árboles frutales, compost… o simplemente hospedarse por 60$ con dos comidas y un tour por la finca.

Esa tarde fui a dar una vuelta y dejarme llevar por el sonido y los olores. Algunos árboles ya los conocía, otros no.

Había muchos monos aulladores. Uno de los chicos que llevaba un par de años aquí nos explicó que aúllan sólo al amanecer y al atardecer, y antes de que llueva o de un temblor.
Esa noche hicimos una fogata. Nacho intentó encender el fuego con su pedernal. Al final, ya que la madera y la chasca, que recogimos entre todos, estaba húmeda, tuvimos que hacer uso del mechero. Cocinamos los cangrejos hércules, que con ayuda de un panameño los limpiamos y los partimos. Un sabor intenso y riquísimo y mucho más porque lo habíamos cazado nosotros! El arroz dejó mucho que desear...
El grupo de al lado, una mezcla de colombianos, ticos y nicas, estaban cazando un montón de marisco con red y manos. Este sale por la noche y se puede cazar más fácilmente. Los niños pescaban y se paseaban contentos con sus pececitos, también. Al final con tanto foco acabó viniendo la policía desde el otro lado de la costa. Les regañaron y a nosotros nos metieron también en el saco por haber hecho una hoguera. Nos contaron que como era época de anidamiento, las tortugas se podían desorientar porque ellas se guían con la luz de la luna. Luna a la que vimos emerger del horizonte, una luna naranja que iba creciendo poco a poco hasta hacer desaparecer el cielo estrellado. Un buen cambio,
Dormimos Nacho, Ferdi y yo en una tienda. Pasamos una noche bastante calurosa y apretada. Acabé abriendo la tienda porque era imposible dormir.

A la mañana siguiente, los tres nos fuimos a dar una vuelta por la finca. Había casitas de madera dónde vivían los empleados y los voluntarios. Instalaciones para hacer meditación, yoga, reuniones, un huerto, granja y seguimos pudiendo disfrutar de ver más árboles y sentir los magníficos olores.



Cociné con el grupo de ticos y nicas de la noche anterior en su fogata. Por no estar ocupando todo el espacio lo hice sola, también fui yo la que lo pregunté.  Así pues, pude, una vez más,  compartir, a parte de un fuego, risas y costumbres con otras personas.

Nos quedamos unas horas, observando el mar, mientras venía una lancha a buscarnos.


La lancha de Pepi, porque el día era gris y el camino de vuelta iba a ser complicado y no íbamos preparados para ello. Un paseo bonito de diez minutillos.
Esa noche cenamos en la soda (bar) de la familia de Pepi un buen pescadito para culminar el día y dar por finalizado nuestro viaje juntos y celebrar con anticipación el cumpleaños de Ferdi.
Al día siguiente Nacho y yo nos fuimos con Ferdi a San José en coche para despedirnos y continuar nuestro viaje. Llenos de picaduras por las chinches que nos acompañaron durante el trayecto en coche.

Bahia Drake

Nacho y yo pasamos la noche en un hostal muy cuco en San José, dónde pudimos descansar.
A la mañana siguiente cogimos un bus a las cinco de la mañana que nos llevó a Palmar Norte en solo siete horas. El camino, prácticamente, lo pasamos dormidos, aún teníamos sueño y cansancio acumulado. A veces, yo me despertaba y podía observar por la ventana el paisaje. Estábamos sobre las nubes. Las montañas intentaban ser bordeadas por las nubes: bosque nuboso. De nuevo cerraba los ojos, soñaba con delfines, despertaba y veía otro paisaje iluminado por el sol, cerraba, soñaba con atardeceres, despertaba y veía pueblecitos indígenas en las montañas… Así intercalando paisajes y sueños llegamos a Palmar Norte dónde cogimos un taxi que nos llevó a Sierpe, al embarcadero dónde los cocodrilos eran los dueños, en este caso, del mar, para coger un bote hasta Bahia Drake, conocido como Agujitas.

Después de gastarnos una barbaridad en transporte y ocho horas de trayecto llegamos al destino TOP de Nacho. El dueño del hostal nos recogió en camioneta.
Pasamos la tarde en la playa con un Catalán y un Holandés que conocimos en el hostal e hicimos una barbacoa sin más. Pasamos la mejor noche, en cuanto confort se refiere, en la cama de este hostal. La mejor! Va por tí Ferdi!!!
A la mañana siguiente hicimos dos inversiones en la Isla del Caño, un parque natural. A una hora en lancha de Bahía Drake.
Por el camino tuvimos la gran suerte de ir acompañados, parte del camino, por delfines. Me entraron ganas de tirarme... un sueño que tengo que cumplir en este viaje.
La primera inmersión fue espectacular. Buceamos con tiburones de punta blanca, inofensivos, pero no dejaban de ser tiburones. Vimos una tortuga gigante que por la emoción de ir tras ella la asusté y no pude hacerla una foto. Vimos mantas y grandes bancos de peces. En uno me metí dentro. Esa sensación de estar rodeada de peces me recordó a Tailandia.
El paisaje marino era rocoso, nada que ver con el caribe y la visibilidad no era la mejor, pero eso no nos impidió flotar y disfrutar en el agua. Disfruté de poder volver a bucear con Nacho. El mejor compañero de buceo, siempre preocupado de que fuéramos pegados y preguntándome constantemente cuánto aire me quedaba.
Antes de hacer la segunda inmersión, hicimos una parada en la playa del Caño, para descansar. Ya que entre inmersiones se debe hacer una pausa. Dimos un paseo por esta playa paradisiaca que no tiene nada que envidiar a las playas del Caribe.

La segunda inmersión fue difícil. Había mucha corriente y el guía nos dijo que no nos podíamos separar del grupo porque nos podíamos ir muy lejos y tendríamos que suspender la inmersión así que Nacho y yo estuvimos toda la inmersión dados de la mano. En esta pudimos ver más tiburones, una larga morena y pececitos que les llevaba la corriente. La parada de seguridad de 3 minutos, antes de subir a la superficie, la hicimos Nacho y yo solos. Fue la primera vez que un guía nos deja hacerla solos. No me pareció correcto por las condiciones del mar y que mi profundímetro estaba roto, pero Nacho estaba a mi lado.
Una vez acabadas las inmersiones hicimos un picnic en una playa con todo el grupo. Estuvimos hablando con una alemana y una tica sobre el buceo.

Ya, vuelta en tierra, quisimos explorar e hicimos un sendero a lo largo de la costa. Un camino hermoso que nos regalaba Costa Rica una vez más.



Pasamos puentes colgantes, caminos de bambú y árboles impresionantes.
Empezó a chispear y Nacho tenía más ganas de andar.
Yo no le iba a privar de eso así que acabamos empapados de arriba abajo, pero felices. Nacho disfrutaba de la lluvia tropical y yo por verle a él contento.
Llegamos al hostal chorreando y tuvimos que preparar la mochila pronto porque a la mañana siguiente cogimos un bus a las cuatro de la mañana. Un camino de 10 horas, alternativo al de ida que nos llevó a San José dónde pude tomar dos fotos de la capital con el móvil de Nacho porque no me atrevía a sacar la cámara. Lo único bonito que vi de San José. No me gusta esta ciudad.

Pasamos la noche en Alajuela, la ciudad de al lado, dónde comimos/cenamos en un restaurante en el que pudimos disfrutar de una comilona costarricense en toda regla con postre y todo.

A la mañana siguiente dimos un paseo por Alajuela, preparamos las mochilas y hablamos de planes viajeros futuros :-)

Acompañé a Nacho al aeropuerto... Me dio mucha penita despedirme de él. Me hubiera gustado pasar más tiempo juntos, pero no nos podemos quejar. Lo hemos pasado muy bien!!!
Mañana pongo rumbo a Turrialba un lugar de montañas en el centro de Costa Rica...

"La felicidad es interior, no exterior, por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos"

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