lunes, 13 de febrero de 2017

Santa Catalina, un extraño pueblo

Santa Catalina, un pueblo costero aislado. Un pueblo para los surfistas, buceadores y gente que quiera descansar y desconectar de todo, la conexión wifi, prácticamente no existe.


El camino con el bus fue bastante agradable y bonito. Me impresionó un poblado que vi por la ventana, por el camino, tenía la arena naranja, las casas hechas de barro y la gente estaba mimetizada con el entorno, ojalá hubiera tenido la cámara a mano.

En Santa Catalina me quedé una semana. Mi primera idea era de quedarme un mes y bucear allí. A una hora y media en lancha se encuentra la Isla de Coiba, un paraíso para los buceadores, dónde se puede ver al tiburón ballena y multitud de vida marina con bastante facilidad en temporada alta. Ese era mi objetivo… pero me quedé muy lejos de conseguirlo, era bastante caro bucear, sobretodo porque la gasolina es muy costosa (una lancha te lleva por 200 dólares hasta allí, luego tienes que pagar 20 por la entrada al parque y después tienes que sumarle la actividad que quieras hacer). La población de allí se dedicaba a la pesca, ahora su principal fuente de dinero son los turistas y OTRAS COSAS.


El primer día llegué a una tienda de buceo, recomendación del Capitán, porque un amigo suyo empezó su negocio hace poco y quizás podría necesitar algo de ayuda. Así conocí a Cris, un italiano/francés que vivió mucho tiempo en Egipto y que vive por y para bucear. Un chico muy experimentado que llegó en Velero cruzando el Canal de Panamá. Me aceptó como ayudante, a cambio, me pagaba el camping, porque él necesitaba que alguien estuviera allí cuando el buceaba con sus clientes. Pasó una semana y decidí irme porque creí que no me necesitaba, le estaba costando dinero y a mí no me gustaba mucho pasar el tiempo en este pueblo, hacía muchísimo calor todo el día, estaba prácticamente sudada siempre y el agua escaseaba. Todas las mañanas venía el camión y rellenaba los depósitos de agua de los hostels y tiendecitas. Si consumías más agua de lo “normal” se terminaba. La gente, se duchaba mucho y yo alguna noche me quise duchar y no tuve suerte. Me sentía muy sucía…


Por lo demás Santa Catalina está bien si surfeas y tienes dinero para bucear, sino con dos días ya has visto todo. El pueblo es una calle de un kilómetro de largo que baja a una playa bonita por fuera, pero el agua está muy turbia y no me incitaba a bañarme. Tiene otra playa, Playa Estero, dónde están las olas y los surfistas, está muy lejos para ir andando a 38 grados o más, una tarde lo hice y no lo repetí nunca más: UNA Y NO MÁS!


Las mujeres de allí me parecían muy simpáticas, sobretodo una que tenía un puestecito dónde vendía bolsitas de fruta batida congelada, mi bolsita preferida, la de coco. Los hombres, había de todo, pero por la noche no me sentía muy cómoda salir a pasear, ni sola ni acompañada. Los niños y niñas eran guapísimos, morenitos, con ojos rasgados, con sus tablas de surf, bicicletas y patinetes. Los lugareños se movían en caballo por los alrededores y también ofrecían tours.


Pasaba mi tiempo leyendo, dibujando y fumando, aún no lo he dejado, por cierto. Los primeros días coincidí, del hostel anterior, con Eva, su Ukulele y su amiga Fátima, que venían a pasar unos días. Muy simpáticas y divertidas, cuando se fueron me dio un poco de pena, sólo las veía por la noche porque el resto del tiempo lo pasaba en la tienda de buceo.



Una noche cené con Cris en la terraza de la tienda. Al lado se encuentra la iglesia de pueblo. Eso para mí fue un espectáculo. La gente con un micrófono diciendo sus sermones, como si hablasen de sus aventuras, diciendo con bastante frecuencia la palabra señor y amor, al final de cada sermón, una banda se ponía a tocar, música super rítmica y la gente de allí bailaba, saltaba, gritaba… hasta algunos entraban en trance. Luego paraban y hablaba otro. Así podían estar 5 horas fácil… para mí era la discoteca del pueblo y el lugar más animado. Hubiera entrado, pero no me veía bailando con cristianos en trance velando por el señor. Este ritual lo hacían cada dos días. Tremendo.

Una noche, me fui a dormir pronto y a mitad de la noche una chica empezó a gritar asustada como si un bicho o animal se le hubiera metido en la cabaña, debió de estar un rato gritando, porque cuando me puse las lentillas y me asomé por la rejilla de la tienda, ya no veía movimiento de nada. Se tranquilizó. Y yo me quedé desvelada con la sábana y la mosquitera por todo mi cuerpo mirando por la rejilla, por los dos lados de la tienda de campaña, esperando ver a un animal o “algo”. Tenía miedo! ¿Qué habría sido? A la mañana siguiente pregunté a los chicos del hostel: Juan, el dueño con una pareja Bruno y Pascalina, todos franceses, no tenían ni idea de lo que habría podido pasar, algún insecto, dijeron. La última noche me quedé a solas con Pascalina, una tía muy loca, con ideas locas, pero buena chica, hablando de todo un poco… y contándome los secretos que guarda Santa Catalina….chun-chun.


Conocí a la chica del grito, Anne una chica alemana que viaja por Centroamérica, ella es escritora y habla muy bien español, viaja desde abril. Me contó que durante la noche un saltamontes gigante estaba caminando por su cuerpo, sí, son grandes, los he visto…yo también hubiera gritado… Con ella pasé los últimos días y con la que me vine al siguiente destino. Viajamos juntas en 2 autobuses, pero en el tercero ella se fue a Puerto Viejo. Uno de los trayectos fue muy gracioso, el chico que vendía los boletos era nuevo y vendió más de lo que debería, nos tuvimos que sentar con el conductor, ella en el asiento del copiloto con otra mujer y yo en el pasillo tumbada de la cabina, dónde me pude echar una siesta mientras escuchaba al conductor hablar y hablar con Anne... llegamos a David y allí nos despedimos, pero seguramente volvamos a coincidir por el caminoJ. Me cogí el último bus que me llevaría a Boquete, un lugar que guarda muchos lugares, los cuales descubriré en los siguientes días...

domingo, 5 de febrero de 2017

Isla Las Perlas-Bucanero-Velero-Workaway

Una semana y media estuve navegando por Las Perlas en un velero llamado Bucanero de un chico francés, Manu, que lleva muchos años con su barco navegando por multitud de sitios, lo cual le ha llenado de numerosas experiencias y aventuras. Esta ha sido mi primera experiencia Workaway, intensa, en cierto modo y dónde he conocido también a personas maravillosas por dentro y por fuera: Manuela, Catalina y su hija Kenia. Gracias a Manu y lo bien que conoce las islas situadas en el Golfo de Panamá, he podido disfrutar de lugares y experiencias maravillosas.


El tiempo pasaba muy raro. Los días nunca fueron iguales, no tenían número ni posición en el calendario. Simplemente pasaban. No importaba el tiempo.

Mi primera noche, y las siguientes, durmiendo en el velero fueron muy placenteras. Me gustaba quedarme dormida mientras el movimiento de las olas me balanceaba suavemente. Normalmente era la primera en despertarme y sacaba mi cabeza por la ventana que tenía encima de la cama para observar los amaneceres y disfrutar de aquel sol que iba a estar todo el día arriba, poniéndonos morenos, hasta el atardecer.


No pasaba mucho calor, puesto que la brisa en medio del océano hacía que apenas se notara. Había mucho tiempo libre, no había clientes y algunos días nos acercábamos a las islas para repartir flyers y así promocionar al velero. Algunos días limpiábamos el casco por los laterales y también por debajo con un compresor de aire. Con una espátula intentábamos quitar el krill y las algas. Otros días me quedaba mirando a los pelícanos y otras aves sobrevolar a ras del mar dibujando movimientos sincronizados en busca de pescado para alimentarse, como nosotros, que comíamos bastante pescado: crudo, frito, a la plancha, a la barbacoa... Tengo que decir que el capitán cocinaba muy bien, todo estaba riquísimo. Todos los días nos metíamos en el agua para refrescarnos. Un día me tiré sin percatarme de que había bastante corriente, por más que me quería acercar a la escalera la corriente no me dejaba y me arrastraba hacia la popa, por suerte había un cabo suelto por ahí al cual me pude agarrar hasta que viniera alguien para salvarme, fue el Capitán el que me tiró una cuerda porque la ayuda de la pequeña Kenia no me servía...


Fuimos hacer snorkel alguna vez. El agua clara te permitía ver muchos pececitos de colores, peces globo muy graciosos, rayas pequeñas... pero un día vi a una raya de un metro y medio, negra con puntos blancos, preciosa, fue muy bonito contemplarla deslizándose por el agua, suavemente sin apenas esfuerzo.


Un día, estaba con Catalina mirando el mar, ya de noche. Me decía que había puntos luminosos dentro del agua. Yo no creía lo que me estaba queriendo decir, pensé que sería el reflejo de alguna luz que con el movimiento de agua se dispersaba. Cogimos agua con un balde atado a una cuerda y la devolvimos al mar con energía. Cuando vi lo que sucedía,mis ojos no daban crédito: bioluminiscencia!!! Uno de mis sueños se estaba haciendo realidad. El Capitán, al vernos tan emocionadas jugando con el balde, nos llevó a todos a la playa para seguir disfrutando. Allí, en el agua no podía creerlo. Nadaba y todo mi cuerpo se iluminaba en plena oscuridad, gracias al plancton, saltaba, buceaba y alguna vez abrí los ojos, ahora las luciérnagas estaban allí, dentro del agua, en mi pelo, en mi cuerpo. Preciosa la experiencia que no pude fotografiar, pero no importa, la he vivido y siempre la tendré en el recuerdo.

A veces, aprovechando cuando íbamos a comprar algún vegetal o fruta, podíamos disfrutar de preciosas playas, vírgenes, de arena blanca, a veces negra, palmeras, flores y árboles, agua azul celeste espectacular... No había turistas y toda las playas eran para nosotras.


Otro día, Manu nos llevó a ver unas ruinas en Contadora, isla que frecuentábamos bastante. Un gran hotel y un yate que poco tiempo se utilizó, quedaron abandonados en el olvido en un lugar precioso y mágico.



Hubo una misión importante, la búsqueda de agua. Estuvimos casi dos días buscando un lugar para llenar el depósito. No quedaba. Se habían agotado las reservas. Manu aprovecha el agua de la lluvia, pero hacía tiempo que no llovía. Por suerte en la marina de una isla pudimos, después de mucho navegar, rellenar los tanques. Normalmente, cuando navegábamos, yo me sentaba en la proa y parecía como si estuviera en una atracción de feria por lo mucho que se movía el velero. Terminaba un poco mareada.

Sin duda mi isla favorita es Saboga, un pequeño pueblo pescador con casitas de muchos colores y gente auténtica. El último día lo pasé allí. Y aproveché para hacer fotos a aquel pueblo tan bonito. Lz gente de allí, creo que no saben que viven en el paraíso. Por el camino me encontré a un niño llamado Fernando que me enseñó playas preciosas y pasé todo el día con él hasta que vino mi ferry.




Adiós Bucanero, adiós Islas Las Perlas, ha sido un placer.


Volví a Panamá City y me quedé unos días en un hostel bastante tranquilo. Descansando, cogiendo fuerzas y también para ducharme después de una semana y media sin poder hacerlo, negra salía el agua y de mi pelo aún quedaba krill seco, esa ducha me sentó muy muy bien.

La última noche se estaba celebrando un festival del Canal de Panamá a pocos metros del hostel, totalmente gratuito. Allí fui con un argentino y una texana y mi sorpresa fue cuando actuó Juanes en último lugar, me hizo mucha ilusión. Una buena despedida con fuegos artificiales para continuar con mi viaje.