lunes, 6 de marzo de 2017

Boquete, un bellísimo lugar


Lo que más me gustó del pueblo de Boquete al bajarme del divertido autobús de Otto, fue el aire fresco y limpio que se podía respirar. Ese calor sofocante, ya lo dejé atrás. Aquí estoy rodeada de montañas y sumergida en multitud de colores y flores. La temperatura es ideal y a veces llueve bastante, pero tiene su puntillo. Encontré el hostal muy fácilmente, es a la vez una academia de español, "Spanish by the river" que también se encuentra en Panama City, Bocas y dos en Costa Rica.

Me recibieron con los brazos abiertos. Lo dirige un chico francés, Charlie, con ayuda de su recién mujer Katherine. Ambos muy amables, simpáticos, con los que compartí muchas risas, comidas y amistad, durante tres bonitas semanas. Aquí hice un voluntariado a cambio de una tienda de campaña bajo el cielo estrellado. Hicimos un pequeño contrato de una semana, el cual se podía alargar y ya ves si se alargó, no me quería ir de aquí.

Tenían muchos animales: una cabra bebé, de apenas un mes, llamada Estrella, siete gallinas con un gallo protector, que no te dejaba acercarte a ellas. El maldito gallo la tomó conmigo y prácticamente todos los días me atacaba, tenía que ir con un palo por el hostal. Dos de las siete gallinas ponen huevos en la oficina. Allí tienen dos cojines dónde se toman su tiempo para ponerlos. Es curioso, yo no sabía que las gallinas no necesitaban de un gallo para poner huevos, son capaces de producir los huevos ellas solas, el gallo sólo es para hacer pollitos… También tienen un perico verde de mascota, se llama Lolo, no sabemos si es macho o hembra porque para saberlo hay que llevarlo al veterinario y meterle un tubo por ahí… Es muy malo Lolo, alguna vez ha intentado comerse mis cables y picarme, pero con el paso de los días entablamos una curiosa amistad. Y por último, una gatita, Maní, qué está embarazada. Charlie la quería castrar para que eso no pasara esto, pero se le adelantó otro macho.
La primera semana, la hermana de Katherine, Daniselle de 12 años, pasaba mucho tiempo por aquí. Con ella entablé rápidamente una bonita amistad. Me hacía trenzas, jugábamos a las cartas y me contaba muchas cosas sobre los panameños y sus costumbres. Una niña con las cosas claras, con una sonrisa siempre en la cara, pero le atropelló un camión. Por suerte solo fue un susto. Nada más tiene la pierna rota, que con reposo se pondrá bien. La fui a visitar al hospital, porque no sabía se la iba a ver de nuevo antes de irme.
En cuanto a los visitantes del hostal, había una gran variedad de personajes. Un ruso que lleva viviendo dos meses en el hostal, pensamos que se esconde de algo o alguien. Se emborrachaba todas las noches y por la noche muta a tigre, lo digo por los ronquidos. Paul, un americano que le llamábamos El Profesor, un tipo muy extraño e interesante. Un indio que tenía mucho interés sobre mi vida. El Ryan, otro americano con conversaciones super vacías y repetitivas sobre Trump y sus historias con el billete de avión que contaba a todo el mundo nuevo que llegaba. Además, era capaz de decirte YOU KNOW? 5veces/10segundos, horrible!! Nos tenía locos a todos, era pesadísimo escucharle hablar. Las profesoras de español Carmen y Virginia. Marc, un alemán con el que compartí muchas caminatas y muchos otros viajeros que pasaban un par de días y con los que hacía las excursiones. No era un hostal muy muy juvenil, pero me lo pasaba muy bien. Hasta hice unas cuantas lámparas de cuerda, las últimas de ellas con Ana, una chica de Nueva Jersey con la que hice muy buenas migas. Todos los días eran diferentes y no tenía tiempo para aburrirme. Alguna de mis tareas eran dar el biberón a Estrella, dar de comer a la gallinas, mantener la cocina limpia, recibir a gente y explicarles que hay que se puede hacer por este bonito lugar…

El primer día me lo dejaron libre para hacerme al lugar y descansar. Me fui al pueblo para dar una vuelta y hacer esa compra básica que siempre necesito. Aquí los alimentos son mucho más baratos y frescos. El centro me pareció muy bonito, lleno de colores y gente. Gente que te sonríe y siempre se quedan hablando contigo. Me parece un lugar feliz y bastante tranquilo. A los cinco días, la gente ya me saludaba por la calle.
Me sorprendió la belleza de una flor, comúnmente llamada floripondio, con forma de campana, del tamaño de una mano, a veces de color blanca, amarilla o naranja. Es una flor altamente tóxica, alucinógena, para los interesados: https://es.wikipedia.org/wiki/Brugmansia  Realmente me parece extraño que una planta tan tóxica esté por TOOOODOS los lados de Boquete, por los senderos,  las calles, las casas, las aceras, las montañas… en alguna de mis fotos se pueden ver. También se veía a menudo a mujeres indígenas con sus hijos y sus trajes típicos, que bajaban al pueblo a comprar. 
La primera noche me fui con el grupo de estudiantes de español a una casa de una familia panameña porque una de las actividades en la escuela era cocinar algo típico. Entre todos hicimos sancocho. Es un guiso de pollo con verduras de la zona, acompañado de hojaldre casero, frito, por supuesto, y un batido de nance, una fruta de aquí. Me lo pasé muy bien en la casa de Myriam, todo estaba delicioso! A cambio, al día siguiente propuse a Charlie hacer tortilla de patata para la gente del hostal. Hice 8 tortillas en dos horas y media, que devoraron en 5 minutos. No fue la única vez que hice tortilla, no, hice muchas más. Huevos rellenos también. Aquí cocinábamos bastante. Charlie una vez hizo un Cheesecake con cobertura de plátano exquisito. Otras veces hacíamos barbacoas con la gente que venía a estudiar español.
En Boquete hay un montón de cosas qué hacer. Recomiendan que todas las actividades se hagan con un guía. No son senderos difíciles, pero sí son largos y no están señalizados. Es muy probable que te pierdas fácilmente. Tuve la suerte de disfrutar y poder hacer casi todas las caminatas, por no decir todas las que se pueden hacer en este precioso lugar.

Al día siguiente hice El Sendero de los Quetzales. Este camino, perfectamente, se puede hacer solo, no tiene pérdida, pero yo lo hice con Marc, un alemán que estaba de paso por aquí, viajando. No quería hacerlo sola. No lo hicimos entero tampoco, porque ya era un poco tarde. El camino fue espectacular. Alguna tribu indígena nos encontramos. Puro bosque nuboso y selva. Salvaje. Muchas flores y un verde profundo que te envolvía. No vimos a ningún Quetzal (precioso pájaro verde azulado con la cola muy larga) porque dicen que tienes que terminar el sendero para poder verlos. Quizás lo vuelva a intentar… (aquí, en el letrero del Parque Nacional se pueden ver los floripondios),
Un buen día tuve el placer de conocer a Feliciano, un gran hombre. Guía desde hace más de 15 años en Boquete. Conoce los caminos más remotos y también los más conocidos de este lugar tan asombroso. Tuve el privilegio de realizar uno de los senderos más bellos que he visto en mi vida. Por el momento, este es el que va en cabeza. En un principio, íbamos a hacer El Sendero del Pianista, pero Feliciano optó por enseñarnos a un grupo de alemanes y a mí, uno especial, uno que sólo conoce él en todo el mundo. Ningún guía lo sabe y no quiere contarlo. Grande!!! Un camino de 4 horas, inmersos en un bosque lleno de secretos y bellezas. Árboles antiquísimos, de alturas desorbitadas, de tamaños monumentales.

Una culebrilla marrón se interpuso en nuestro camino, o nosotros en el suyo, porque de repente se puso roja. Caminos embarrados, resbaladizos… estábamos en busca de los quetzales, que la otra vez no pude ver. No tuvimos suerte, pero pudimos escuchar el canto de la Calandria, un pájaro marrón y blanco con mostacho. Colibrís que no se dejaban a penas ver, y mucho menos fotografiar, eran tan veloces como las estrellas fugaces… Seguíamos subiendo por la montaña pasadas dos horas. Para mí era como una selva, pero Feliciano me decía que estábamos en un bosque bien espeso. El camino era muy ameno con él al lado. A veces nos parábamos a escuchar, para poder seguir el sonido de algún pájaro y así identificarlo.
Nos hablaba de los árboles, de flores y de las tribus indígenas Ngäbe Buglé que vivían en lo alto de la montaña. Nosotros llegamos a alguna casita de esta población. Son tímidos y no querían salir. Las mujeres visten un vestido largo con un bordado, de colores intensos. Llegamos al final del sendero y ante nosotros se extendía un campo tan hermoso que se me escapó una lagrimilla de la belleza que estaba contemplando, no exagero, fue algo espectacular. No podía parar de hacer fotos. No sabía dónde mirar. Me hipnotizaba los diferentes tonos de verde que formaban los líquines, los musgos, las plantas, los árboles… no había visto tantos tonos de verdes juntos en mi vida, belleza extrema y natural.

La bajada fue menos dura, pero no dejó de sorprenderme. Uno de mis pies acabó atrapado en el barro en el último momento, pero menos mal que estaba Feliciano para rescatarme. Hicimos muy buenas migas, desde este día. Se agradece caminar con un hombre tan lleno de energía, vitalidad y alegría, que le gusta compartir todo lo que sabe sobre plantas y animales. Al día siguiente me invitó a otro sendero, esta vez el de El Pianista.

Este sendero fue diferente, pero no con menos belleza. Un bosque húmedo dónde la espesura de la vegetación no te deja ver el cielo. Se llama el Pianista por la cantidad de sonidos de pájaros que se pueden escuchar a lo largo de él. Feliciano me enseñó identificar alguno, por ejemplo el del Black-faced Solitaire, cuyo canto es como el sonido de una flauta con matices metálicos, que en realidad tiene tres sonidos diferentes. Por el camino pudimos ver algún insecto, entre ellos unas chinches gigantes que si te pican pueden ocasionarte la fiebre del Chagas, pero estaban en un estado de apareamiento y dijo Feliciano que llevaban en la misma posición tres semanas. También vimos un camaleón salatarín, muy gracioso.
El Sendero del Pianista te lleva a la parte más alta, dónde se puede observar el mar Caribe y afinando un poco más la vista puedes ver incluso las islas de Bocas del Toro, que sería mi futuro destino. Si continuases descendiendo por el otro lado del sendero podrías llegar a Bocas en cuatro días caminando por un sendero un poco más complicado. Nos quiso enseñar un poquito de este sendero y, verdaderamente, valió la pena. Este sendero me recordaba al de un bosque encantado. Bellísimo, salvaje y mágico. La ruta que lleva a Bocas es una ruta que también hace Feliciano. Es una ruta complicada en la que te vas quedando en casa de los indígenas para dormir y comer. Hubiera estado muy guapo. Se me pusieron los dientes largos cuando me estaba contando que dentro de poco tenía planeado ir con dos parejas, pero las autoridades panameñas han prohibido el paso por el Pianista y lo han cerrado poco después de que tuviera la suerte de conocerlo. Pero él ha pensado un plan alternativo, al cual me acabaré uniendo.. Feliciano y yo nos llevamos muy bien, es un hombre bastante entretenido y le gusta mucho su trabajo. Ha trabajado de muchas cosas, pero se quedó en guía porque es su verdadera pasión. Otra aventura con Feliciano, nos veremos pronto.
Así fue, al día siguiente fui a comer con él a un lugar local: arroz con lentejas, pollo con plátano frito acompañado de una bebida llamada chicha, un refresco natural de arroz con piña aguado. Muy rico todo. Después me llevó a su casa, dónde tiene una plantación de café. Fui con dos holandesas que habían reservado el tour. Allí también conocí a su hijo Tito. Disfrutábamos de las espectaculares vistas que ofrecía su casa acompañadas de un zumo de naranjitas, que no son naranjas, tienen ese color por fuera, pero por dentro son verdes, parecido al kiwi y al final tiene un regusto a tomate, algo exótico, you know???
Allí nos enseñó los árboles que tiene: muchos de aguacate, de limones dulces, de guayaba… y toda la plantación de café. Tres hectáreas. Aquí en Boquete, una de las fuentes de economía es el cultivo de café. Feliciano vende su fruto y por otro lado, produce su propio café, para vender y consumir.

Pudimos participar, ese día, en el proceso completo. Nos contó que, dependiendo de la zona, crece un tipo de planta de café. Hay unas más resistentes a los hongos y otras más resistentes a la lluvia. Él tenía de los dos tipos. Ahora hay problemas con el agua y muchas plantas se mueren. Para salvarlas, lo mejor hay que cortarlas y posiblemente el 80% se recuperen. También nos cuenta, que para que el suelo sea más fértil y rico, las plantas de café deben convivir con otros árboles frutales, por eso él tiene tantos.

Por otro lado, Boquete tiene un árbol muy bonito y curioso, anaranjado, que destaca sobre los tonos verdes de las laderas, se llama poró, se ve en algunas de las fotos del pueblo (en la segunda composición de fotos, se puede ver el árbol, la foto de la casa que está al lado de la foto castillo). Este árbol, importado, es un árbol fijador de nitrógeno atmosférico (AFN) que almacena en sus nódulos, raíces y hojas para transmitir a la tierra y fertilizarla, así, de manera natural. Muy bueno para las plantaciones de café.

Feliciano ya tenía recogidos los frutos del café, en algunas de las plantas salen dos semillas, en otras tres. Muy curioso me estaba pareciendo todo, porque cuando fui a una plantación en Tailandia, apenas explicaban el proceso paso a paso:
Primero hay que separar la pulpa con un molinillo manual. Por un lado se obtiene la semilla y por el otro se desecha la pulpa. Después la semilla húmeda, debido a una capa de pectina, como un moco pringoso, se lava y se deja secar. El tiempo dependerá del sol y de la humedad del momento. Cuando esté bien seca se procede a quitar la segunda piel (pergamino) con una especie de mortero llamado pilón. Ahí puedes descargar toda tu rabia, que las semillas no se rompen. Luego con ágiles toques, la cascarilla amarilla se va y quedan las semillas con un color grisáceo. A continuación se deben separar los granos feos o estropeados por los insectos. Este paso es manual y es el más importante de todos, ya que, es aquí cuando se nota si una café es bueno o malo, industrialmente no se puede separar. Ya, en el último paso, se enciende el horno y se procede a tostar el café. El olor a café recién tostado me encantó, el sonido de los granos al tostarse como si fueran palomitas de maíz y como los granos iban cambiaban de color: amarillo, verde, naranja, hasta el último tono, marrón. Por último molió un poco para mí, en un molino eléctrico hecho por él con la correa de una lavadora.

Nos despedimos con un té de una planta que tiene en el jardín, muy bueno. Tenía un regustillo a anís y menta. Este Feliciano, es el mejor! Me ha dejado en el hostal haciendo planes para otro día, aunque este día subí por la noche al volcán Barú con Marc y un grupo de personas, voy a ser infiel a Feliciano…

A pesar de que no subí con mi guía favorito, él me dio todas las recomendaciones posibles para que la subida fuera lo más fácil posible, estaba preocupado. Marc y yo preparamos el equipo de aventura. Eran las 11:30 de la noche cuando empezamos a andar, había más gente con nosotros, pero cada cual iba a su ritmo. En pocos minutos Marc y yo nos quedamos solos. Con el foco en la cabeza, ascendíamos lentamente. Por nuestro camino no encontramos muchas dificultades, salvo los inclinados caminos y a veces las rocas que se ponían en nuestro camino. Hicimos algunas pequeñas pausas. Teníamos que medir bien el tiempo, porque si llegábamos demasiado pronto a la cima tendríamos que esperar al amanecer y allí hace frío, mucho frío. Por el camino me encontré un bicho palo, parecía que era el único ser del volcán. No había ningún sonido de pájaros ni rastro de otros animales, solo el de nuestros pasos. El camino hasta la cima fue muy, pero que muy cansado. 
Llegamos a las 6:30 de la mañana, después de haber andado 16 km, cuesta arriba. Sin aliento y con frío. Los primeros rayos de sol nos calentaron y pudimos admirar el paisaje montañoso de Boquete, espectacular. Se podían apreciar, con un poco de imaginación, había bastante nubes debajo, el mar Caribe y por el otro lado el Pacífico. El Volcán Barú es el punto más alto de Panamá (3.475m), pero el camino no había terminado, para llegar a la cima, había que escalar unas rocas. Tenía un poco de miedo, porque seguridad no había. Marc me dijo que no me preocupara, que él se ponía detrás, pero vamos, si me caía yo, los dos íbamos a ir al vacío. Allí hicimos una pequeña pausa para comer algo y retornar. Me tumbé un rato y estaba tannnnn cómoda en el suelo mientras me calentaba el sol... no me apetecía moverme, mi cara lo decía todo.  Me dolía el cuerpo entero y no había dormido, aun así había que bajar, sí o sí. 
El camino de vuelta fue muy duro, pero bonito. Pudimos ver todo el camino que hicimos de noche. Mientras descendíamos los colibrís nos acompañaban. Los colores del camino intentaban hacernos el camino más ameno, pero el dolor de piernas y pies continuaba. Después de 5 horas para retornar los 16km subidos, pudimos llegar, a duras penas, al punto dónde salían los buses, pero no había y no me imaginaba andar 8 km más para el pueblo y coger un taxi. Mis piernas no querían más. Por suerte un 4x4 que se dedica a subir a la gente por 125 dólares nos llevó al pueblo. Aun así mis pulmones quedaron limpios y dese entonces no fumo. Después de pasar casi un día entero juntos, nos sabíamos nuestras vidas, un chico majete.
Hablé con Feliciano y le conté mi experiencia volcánica. Lo sintió por mí. Si hubiera ido con él, no lo habría pasado tan mal, porque él suele aparcar el coche en otro lugar, para ahorrarse 8km. Ese día dormí doce horas del tirón. A la mañana siguiente Feliciano me trajo una gran Papaya y me quiso llevar a unas termas, pero tuvo problemas con el coche y tuvimos que posponer el encuentro. Así que decidí ir a un castillo dónde Marc pasaba la última noche y así despedirme de él, porque al día siguiente se iba a Bocas. Me invitó a cenar una lasagna vegetariana y después fuimos al jacuzzi que había, dónde se encontraban otros viajeros adoloridos por la subida al volcán.

Los días pasaban en Boquete y yo no quería que llegase el momento de irme. Estaba tan a gusto y feliz que me iba a dar mucha pena dejar este lugar tan puro y auténtico. No solo por la naturaleza que me rodeaba, sino por la gente que iba conociendo día a día y por Feliciano que no se hace a la idea de que algún día me iría, aunque una semana antes le fui dando pistas.

Hoy he ido a las termas con una pareja de franceses y mi incondicional guía. El día fue lluvioso, pero perfecto para las termas. Los franceses fueron la noche anterior al Volcán Barú con Feliciano y por eso necesitaban esto. Antes de irnos para allá, le preparé a Feliciano un pinchito de tortilla de patata que degustó feliz y muy agradecido. Por el camino, Feliciano me contó la historia de las chicas holandesas que murieron en el Sendero del Pianista hace 3 años (una larguísima historia) y lo disgustado que está con el Ministerio por querer cerrar ese sendero.
Llegados a las Hotspring, pudimos relajarnos. El agua estaba a 45 grados y la lluvia caía con fuerza, el lugar era idílico, estábamos solos. Cuando tenía calor, me salía y el agua de la lluvia me refrescaba. Las picaduras de los insectos se me curaron por arte de magia. Esa agua tan limpia y medicinal hacía que se te fueran todos los dolores de las agujetas del día que subí el volcán. Aquí cuando tienes agujetas se dice, estar mancao, por cierto. Vimos algunas aves de gran tamaño, vacas, caballos, un búfalo y esa lagartija que camina sobre el agua.
Al día siguiente Feliciano tenía un tour con dos chicas del hostal. Vino un poco antes para comer conmigo, huevos rellenos. Le encantaron, claro, pero aún le gustaba más la tortilla de patata. Este día fuimos a la Cascada Escondida, también conocido como Pipeline trail, porque a lo largo de él hay tuberías que sirven para llevar agua a la tierra, para la ganadería y esas cosas. A la vista no molestan en absoluto, ya que están recubiertas de musgo, lo cual le dan un aspecto hermoso. Este sendero fue bastante llanito y facilón. Una de las mujeres era mayor y no quería caminar demasiado. Antes de llegar al comienzo del sendero nos encontramos una roca de basalto. Un verdadera obra de la naturaleza, que ahora es usada para escalar. Algunas casitas locales y unos niños indígenas guapísimos que posaron para mí.
El sendero se hizo ameno, como siempre, con Feliciano al lado. Multitud de flores silvestres fueron fotografiadas con la cámara. De repente, nos topamos con un árbol milenario, con uno de los troncos más anchos de la zona. Unas raíces que te dejaban con la boca abierta. Estábamos aún en busca de la cascada escondida, andábamos siempre cruzando puentecitos y pisando ríos (quebradas, se llaman aquí). Cuando llegamos a la cascada, yo pensaba que iba a ver una enorme, pero sólo había un pequeñíiiisimo chorro, nada espectacular, pero un paisaje, como siempre, bellísimo.

Otro día hice una excursión a las Tres Cascadas con una pareja inglesa. El camino fue muy llevadero y el paisaje, como siempre, no decepcionó. En la entrada, después de haber subido una gran cantidad de escaleras, había una botella con azúcar de caña disuelta en agua para los colibrís. Esta fue mi máxima oportunidad para poder fotografiar este pequeño ave tan veloz.
El sendero nos llevó a tres magníficas cascadas, muy bonitas, por un camino formado por las raíces de los mismos árboles para ir subiendo poco a poco a la montaña y así poder contemplar las cascadas de este bonito lugar. Cada una colocada en un sitio diferente.
 Floripondio, la flor amarilla!!!!
Cruzando pequeños ríos nos encontramos con un tronco caído. Es oficialmente mi árbol favorito. Se trata del árbol de helecho, con apariencia de palmera, pero las hojas son como las de los arbustos de helecho. Feliciano nos quiso mostrar el interior del tronco. Con su machete empezó a cortar el tronco. Dentro de él, caído, y en teoría, muerto, se esconde una figuras, que dependiendo del ángulo de corte cambian de forma. Un árbol bello por dentro y por fuera.
Al día siguiente Feliciano tenía una excursión programada con Ana, la chica de Nueva Jersey. Por la mañana hicieron el camino secreto que tanto me gustó, aquel en el que se me saltaron las lágrimas. Después me fui con ellos a las Termas en Caldera. Ya estuve otro día, pero no me importó repetir. Allí, Ana y yo, pudimos conocernos mejor. Me pareció una chica muy simpática.
Al día siguiente me ayudó a hacer más lámparas de cuerda para el hostal, cuando de repente apareció Feliciano con noticias. Estaba planeando ya la excursión a las tribus indígenas con las dos parejas que ya habían contratado la excursión. Que yo iba, ya estaba hablado, pero Ana también vendría con nosotros. En total seremos siete personas. Era la primera vez que Feliciano iba con tanta gente allí, ya veríamos como nos apañaríamos. Esa noche, Ana y yo, llenas de la emoción, nos hicimos una rica cena y estuvimos hablando, mientras comíamos S’mores de postre, algo muy yanqui: un sándwich de galleta con dos onzas de chocolate y nube de chuchería quemada… Hablamos de los preparativos, para lo que iba a ser una gran experiencia.
Llegó el día en el que íbamos a convivir con una de las tribus indígenas Ngäbe-Buglé de la parte de Bocas durante tres días y dos noches, sin luz, sin agua potable, para sumergirnos en el día a día de estas personas que se alimentan a base de arroz y plátanos. A esta tipo de tribu se las podía diferenciar de los indígenas de Chiriquí fácilmente por el vestido que llevan las mujeres. Tienen otro bordado y diferente tono de color.

Eran las 7am cuando Feliciano nos recogió en la puerta del hostal. Él estaba tan emocionado como nosotras. En el viaje, nos acompañan una pareja de canadienses de unos sesenta años, en muy buena forma que decían ser viajeros y no turistas, y una pareja de ingleses de unos treinta, bastante sosos. Por el camino, paramos para desayunar en los Cangilones, un mini canyon que hay en Boquete, algo que me faltaba por ver, por cierto.
Después de unas tres horas en el gran, y recién comprado, carrazo de Feliciano, atravesando las montañas de Chiriquí, llegamos a la casa de unos amigos en un pueblo llamado Norteño. Allí aparcamos y nos preparamos para comenzar una ruta de seis horas hasta llegar a la comunidad dónde viviríamos.

Por el camino nos llueve a ratos, pero no nos impide disfrutar del maravilloso paisaje. Cruzamos sólo tres puentes en la primera hora. Después se terminó la civilización. Ya no había puentes. El camino que tomaban los indígenas, más corto, para llegar a las siguientes comunidades era atravesando el río Caño Sucio (susio) en línea recta. Este río tiene forma de SSSS. Conté unas veinte veces las que tuvimos que cruzar el río. Pasamos varias comunidades indígenas, con sus nombre propios: Filo Verde, Loma de Agua, Coclecito, hasta llegar a Santos, la nuestra. El camino nos sorprendía con flores espectaculares como la Heliconia, referido a la montaña griega Helicon donde se reunían las musas..
El camino fue espectacular, pero bastante complicado. Hubo alguna que otra caída y muchos resbalones. Cruzar el río con piedras no es tan fácil con esas zapatillas de goma, al igual que andar sobre charcos llenos de barro en los que, a veces, te llegaba el lodo hasta el tobillo. No nos importaba demasiado, porque sabíamos que a 100 metros había que cruzar el río de nuevo y nos podíamos limpiar.
Por el camino, encontré libélulas con bonitos colores, ranitas del tamaño de mi uña pequeña, cientos de gusanitos de seda colgando de los árboles, lo cuales teníamos que esquivar, y algún que otro insecto curioso. El sonido de los tucanes en la copa de los árboles nos acompaña en el camino, una pena que fuera tan complicado de verlos.
La gente de las comunidades se nos quedaba mirando al igual que si nosotros viéramos a una persona de color azul sonriéndo. Ellos no están acostumbrados a ver a gente de fuera. Sólo los más ancianos. Este camino, en realidad, pocas veces lo hace Feliciano, únicamente dos o tres veces al año, así que los más pequeños o se esconden o corren o cuando te das la vuelta ves cómo se ríen de ti.

Por el camino pregunté a Feliciano, por curiosidad, cómo había avisado a la comunidad que íbamos de visita. Me dice, que un día bajó a David (un pueblo más grande cerca de Boquete) para dejar un mensaje en una cadena de radio cristiana que ellos escuchan. El único aparato que tienen estas tribus es una radio y una cabina de teléfono, que sólo recibe llamadas porque está estropeada. Las mujeres en la tarde se colocan al lado para esperar la llamada de su hombre.
Después de seis horas caminando llegamos a Santos. Nos reciben con una gran sonrisa. Los niños se echan a los brazos de Feliciano llamándole abuelo. La mujer, más tímida, le da las gracias por venir. Nos presentamos y felices, Ana y yo, intentamos hablar con la niña (Mileide) y el niño (Chico). No creo que tengan otro dialecto, pienso que simplemente no tienen mucho vocabulario y sueltan palabras como les vienen: “Dónde qué tú estás?”. Bueno en realidad eso lo dicen todos los Panameños, como también "qué sopa?" para decir "qué pasa?" o "ayala vida"(alla la vida, a ya la vida o haya la vida, no se sabe cómo se escribe) como para expresar sorpresa. 
Cocinamos arroz al estilo indígena, en un cazo sobre leña dejando que repose tapándolo con hojas de palmera. Nos vamos pronto a dormir, el viaje fue largo. Por el hueco de la pared, a modo ventana, contemplo la noche, rodeada de luciérnagas y un manto de estrellas. Pienso, en ese momento, la cantidad de cosas bonitas que estoy viviendo y lo feliz que estoy de continuar mi viaje. A cada sitio que voy, sitio que me regala algo que no se puede comprar con dinero.
Pasamos una noche bastante jodida durmiendo sobre, literalmente, tablas. Yo estrené mi saco de tela, no quería que se me metiera ni un solo bicho. La segunda noche, encima de dónde dormían los ingleses, había un escorpión y un saltamontes de esos gigantes. Por suerte, Feliciano, estaba allí para salvarles.

Al día siguiente nos fuimos a andar a las montañas para conocer el resto de la comunidad de Santos. Feliciano saludaba alegremente a la gente y conversaba con ellos, mientras, nosotros, más bien Ana y yo, porque el resto eran muy parados, nos acercábamos a los niños para hablar con ellos. Muchos de los niños llevan tirachinas, que lo usan para cazar pájaros y comérselos, jeje. En una de las aldeas un niño trepó para darnos un delicioso coco (pipas, lo llaman aquí) a cada uno. En otra aldea fue una mujer la que, con un palo, nos dio para probar otro tipo de coco. Riquísima el agua de coco. En una de estas, estaba sentada con mi pierna encima de un hormiguero, me doy cuenta, bastante tarde, de que 50 hormiguitas me estaban mordiendo, el resultado, un gran sarpullido que me dura un par de días.
Por el camino de vuelta, vimos a lo lejos, un potro que estaba sufriendo por estar encerrado en un lugar sin sombra. Con la ayuda de todos intentamos mover las maderas para hacer que el pequeño caballito pudiera disfrutar de un lugar mejor.
Al regreso a nuestra aldea, pudimos disfrutar de un baño en el río bajo el sol. Ana y yo, pasamos un buen rato jugando con los niños, el cercito Froski y un caballo blanco, como de cuento, que tenían. Aquí el medio de transporte es el caballo, a eso le llaman carro.
Antes de que se fuera el sol, cenamos, otra vez arroz, acompañado del mismo té que Feliciano me preparó en su casa. Por el camino encontró la planta de este té, Moncá, y lo hizo también con hoja de limón. Esa segunda noche todos dormimos un poco mejor, salvo por el incidente del escorpión…

A la mañana siguiente salimos de vuelta, por el mismo camino por el que vinimos. Se nos hizo más corto y pudimos seguir disfrutando de otra gente por el camino.
Muchos más niños. Son muy lindos y bonitos, pero luego cuando crecen, no lo son tanto, palabras de Feliciano. Por el camino nos enseña plantas medicinales, nos muestra los árboles de cacao y de otras frutas que no recuerdo. Nos presenta a un hombre casado con dos mujeres y veinte hijos, en la foto sólo sale uno de los más pequeños. Y por el camino también se encuentra un tronco de mi árbol favorito de helecho y les hizo la demostración cortándolo. 
Llegamos, después de cinco horas, dónde teníamos aparcado el coche y nos quedamos hablando un rato con Julia y su hijo German, los amigos de Feliciano, sobre nuestra experiencia.

Paso mis últimos dos días tranquila en el hostal, escribiendo este largo post, recordando todos los buenos momentos que he pasado en Boquete y toda la gente que me llevo conmigo. Me doy cuenta, que aquí pude dibujar, estaba tranquila, relajada y bastante inspirada.

Invité a Feliciano a cenar el penúltimo día, para darle las gracias por todo lo que he podido conocer junto a él y le regalé también un dibujo. Pienso que no se parece demasiado, aún así le hizo muchísima ilusión. Los otros me los quedo yo de recuerdo.

Conocí a la jefa de la cadena de Spanish by the river, Ingrid. Con Fernando, su marido, coincidí hace una semana cuando estaba el grupo de estudiantes. Están muy contentos con las lámparas de cuerda que he hecho para el hostal. Me dijeron que si tengo ganas podría, en Costa Rica, hacer alguna más.

Y................ el último día vino Daniselle de sorpresa con la pata chunga. Pasamos una bonita tarde llena de risas y bromas. Contenta por haber conocido a estas increíbles personas, triste a la vez por irme... pero me llevo, de recuerdo, unas trenzas que me hizo Dani para ir a mi próximo destino: Bocas del Toro.
Adiós Boquete... echaré de menos todo lo que aquí conocí!!!


lunes, 13 de febrero de 2017

Santa Catalina, un extraño pueblo

Santa Catalina, un pueblo costero aislado. Un pueblo para los surfistas, buceadores y gente que quiera descansar y desconectar de todo, la conexión wifi, prácticamente no existe.


El camino con el bus fue bastante agradable y bonito. Me impresionó un poblado que vi por la ventana, por el camino, tenía la arena naranja, las casas hechas de barro y la gente estaba mimetizada con el entorno, ojalá hubiera tenido la cámara a mano.

En Santa Catalina me quedé una semana. Mi primera idea era de quedarme un mes y bucear allí. A una hora y media en lancha se encuentra la Isla de Coiba, un paraíso para los buceadores, dónde se puede ver al tiburón ballena y multitud de vida marina con bastante facilidad en temporada alta. Ese era mi objetivo… pero me quedé muy lejos de conseguirlo, era bastante caro bucear, sobretodo porque la gasolina es muy costosa (una lancha te lleva por 200 dólares hasta allí, luego tienes que pagar 20 por la entrada al parque y después tienes que sumarle la actividad que quieras hacer). La población de allí se dedicaba a la pesca, ahora su principal fuente de dinero son los turistas y OTRAS COSAS.


El primer día llegué a una tienda de buceo, recomendación del Capitán, porque un amigo suyo empezó su negocio hace poco y quizás podría necesitar algo de ayuda. Así conocí a Cris, un italiano/francés que vivió mucho tiempo en Egipto y que vive por y para bucear. Un chico muy experimentado que llegó en Velero cruzando el Canal de Panamá. Me aceptó como ayudante, a cambio, me pagaba el camping, porque él necesitaba que alguien estuviera allí cuando el buceaba con sus clientes. Pasó una semana y decidí irme porque creí que no me necesitaba, le estaba costando dinero y a mí no me gustaba mucho pasar el tiempo en este pueblo, hacía muchísimo calor todo el día, estaba prácticamente sudada siempre y el agua escaseaba. Todas las mañanas venía el camión y rellenaba los depósitos de agua de los hostels y tiendecitas. Si consumías más agua de lo “normal” se terminaba. La gente, se duchaba mucho y yo alguna noche me quise duchar y no tuve suerte. Me sentía muy sucía…


Por lo demás Santa Catalina está bien si surfeas y tienes dinero para bucear, sino con dos días ya has visto todo. El pueblo es una calle de un kilómetro de largo que baja a una playa bonita por fuera, pero el agua está muy turbia y no me incitaba a bañarme. Tiene otra playa, Playa Estero, dónde están las olas y los surfistas, está muy lejos para ir andando a 38 grados o más, una tarde lo hice y no lo repetí nunca más: UNA Y NO MÁS!


Las mujeres de allí me parecían muy simpáticas, sobretodo una que tenía un puestecito dónde vendía bolsitas de fruta batida congelada, mi bolsita preferida, la de coco. Los hombres, había de todo, pero por la noche no me sentía muy cómoda salir a pasear, ni sola ni acompañada. Los niños y niñas eran guapísimos, morenitos, con ojos rasgados, con sus tablas de surf, bicicletas y patinetes. Los lugareños se movían en caballo por los alrededores y también ofrecían tours.


Pasaba mi tiempo leyendo, dibujando y fumando, aún no lo he dejado, por cierto. Los primeros días coincidí, del hostel anterior, con Eva, su Ukulele y su amiga Fátima, que venían a pasar unos días. Muy simpáticas y divertidas, cuando se fueron me dio un poco de pena, sólo las veía por la noche porque el resto del tiempo lo pasaba en la tienda de buceo.



Una noche cené con Cris en la terraza de la tienda. Al lado se encuentra la iglesia de pueblo. Eso para mí fue un espectáculo. La gente con un micrófono diciendo sus sermones, como si hablasen de sus aventuras, diciendo con bastante frecuencia la palabra señor y amor, al final de cada sermón, una banda se ponía a tocar, música super rítmica y la gente de allí bailaba, saltaba, gritaba… hasta algunos entraban en trance. Luego paraban y hablaba otro. Así podían estar 5 horas fácil… para mí era la discoteca del pueblo y el lugar más animado. Hubiera entrado, pero no me veía bailando con cristianos en trance velando por el señor. Este ritual lo hacían cada dos días. Tremendo.

Una noche, me fui a dormir pronto y a mitad de la noche una chica empezó a gritar asustada como si un bicho o animal se le hubiera metido en la cabaña, debió de estar un rato gritando, porque cuando me puse las lentillas y me asomé por la rejilla de la tienda, ya no veía movimiento de nada. Se tranquilizó. Y yo me quedé desvelada con la sábana y la mosquitera por todo mi cuerpo mirando por la rejilla, por los dos lados de la tienda de campaña, esperando ver a un animal o “algo”. Tenía miedo! ¿Qué habría sido? A la mañana siguiente pregunté a los chicos del hostel: Juan, el dueño con una pareja Bruno y Pascalina, todos franceses, no tenían ni idea de lo que habría podido pasar, algún insecto, dijeron. La última noche me quedé a solas con Pascalina, una tía muy loca, con ideas locas, pero buena chica, hablando de todo un poco… y contándome los secretos que guarda Santa Catalina….chun-chun.


Conocí a la chica del grito, Anne una chica alemana que viaja por Centroamérica, ella es escritora y habla muy bien español, viaja desde abril. Me contó que durante la noche un saltamontes gigante estaba caminando por su cuerpo, sí, son grandes, los he visto…yo también hubiera gritado… Con ella pasé los últimos días y con la que me vine al siguiente destino. Viajamos juntas en 2 autobuses, pero en el tercero ella se fue a Puerto Viejo. Uno de los trayectos fue muy gracioso, el chico que vendía los boletos era nuevo y vendió más de lo que debería, nos tuvimos que sentar con el conductor, ella en el asiento del copiloto con otra mujer y yo en el pasillo tumbada de la cabina, dónde me pude echar una siesta mientras escuchaba al conductor hablar y hablar con Anne... llegamos a David y allí nos despedimos, pero seguramente volvamos a coincidir por el caminoJ. Me cogí el último bus que me llevaría a Boquete, un lugar que guarda muchos lugares, los cuales descubriré en los siguientes días...

domingo, 5 de febrero de 2017

Isla Las Perlas-Bucanero-Velero-Workaway

Una semana y media estuve navegando por Las Perlas en un velero llamado Bucanero de un chico francés, Manu, que lleva muchos años con su barco navegando por multitud de sitios, lo cual le ha llenado de numerosas experiencias y aventuras. Esta ha sido mi primera experiencia Workaway, intensa, en cierto modo y dónde he conocido también a personas maravillosas por dentro y por fuera: Manuela, Catalina y su hija Kenia. Gracias a Manu y lo bien que conoce las islas situadas en el Golfo de Panamá, he podido disfrutar de lugares y experiencias maravillosas.


El tiempo pasaba muy raro. Los días nunca fueron iguales, no tenían número ni posición en el calendario. Simplemente pasaban. No importaba el tiempo.

Mi primera noche, y las siguientes, durmiendo en el velero fueron muy placenteras. Me gustaba quedarme dormida mientras el movimiento de las olas me balanceaba suavemente. Normalmente era la primera en despertarme y sacaba mi cabeza por la ventana que tenía encima de la cama para observar los amaneceres y disfrutar de aquel sol que iba a estar todo el día arriba, poniéndonos morenos, hasta el atardecer.


No pasaba mucho calor, puesto que la brisa en medio del océano hacía que apenas se notara. Había mucho tiempo libre, no había clientes y algunos días nos acercábamos a las islas para repartir flyers y así promocionar al velero. Algunos días limpiábamos el casco por los laterales y también por debajo con un compresor de aire. Con una espátula intentábamos quitar el krill y las algas. Otros días me quedaba mirando a los pelícanos y otras aves sobrevolar a ras del mar dibujando movimientos sincronizados en busca de pescado para alimentarse, como nosotros, que comíamos bastante pescado: crudo, frito, a la plancha, a la barbacoa... Tengo que decir que el capitán cocinaba muy bien, todo estaba riquísimo. Todos los días nos metíamos en el agua para refrescarnos. Un día me tiré sin percatarme de que había bastante corriente, por más que me quería acercar a la escalera la corriente no me dejaba y me arrastraba hacia la popa, por suerte había un cabo suelto por ahí al cual me pude agarrar hasta que viniera alguien para salvarme, fue el Capitán el que me tiró una cuerda porque la ayuda de la pequeña Kenia no me servía...


Fuimos hacer snorkel alguna vez. El agua clara te permitía ver muchos pececitos de colores, peces globo muy graciosos, rayas pequeñas... pero un día vi a una raya de un metro y medio, negra con puntos blancos, preciosa, fue muy bonito contemplarla deslizándose por el agua, suavemente sin apenas esfuerzo.


Un día, estaba con Catalina mirando el mar, ya de noche. Me decía que había puntos luminosos dentro del agua. Yo no creía lo que me estaba queriendo decir, pensé que sería el reflejo de alguna luz que con el movimiento de agua se dispersaba. Cogimos agua con un balde atado a una cuerda y la devolvimos al mar con energía. Cuando vi lo que sucedía,mis ojos no daban crédito: bioluminiscencia!!! Uno de mis sueños se estaba haciendo realidad. El Capitán, al vernos tan emocionadas jugando con el balde, nos llevó a todos a la playa para seguir disfrutando. Allí, en el agua no podía creerlo. Nadaba y todo mi cuerpo se iluminaba en plena oscuridad, gracias al plancton, saltaba, buceaba y alguna vez abrí los ojos, ahora las luciérnagas estaban allí, dentro del agua, en mi pelo, en mi cuerpo. Preciosa la experiencia que no pude fotografiar, pero no importa, la he vivido y siempre la tendré en el recuerdo.

A veces, aprovechando cuando íbamos a comprar algún vegetal o fruta, podíamos disfrutar de preciosas playas, vírgenes, de arena blanca, a veces negra, palmeras, flores y árboles, agua azul celeste espectacular... No había turistas y toda las playas eran para nosotras.


Otro día, Manu nos llevó a ver unas ruinas en Contadora, isla que frecuentábamos bastante. Un gran hotel y un yate que poco tiempo se utilizó, quedaron abandonados en el olvido en un lugar precioso y mágico.



Hubo una misión importante, la búsqueda de agua. Estuvimos casi dos días buscando un lugar para llenar el depósito. No quedaba. Se habían agotado las reservas. Manu aprovecha el agua de la lluvia, pero hacía tiempo que no llovía. Por suerte en la marina de una isla pudimos, después de mucho navegar, rellenar los tanques. Normalmente, cuando navegábamos, yo me sentaba en la proa y parecía como si estuviera en una atracción de feria por lo mucho que se movía el velero. Terminaba un poco mareada.

Sin duda mi isla favorita es Saboga, un pequeño pueblo pescador con casitas de muchos colores y gente auténtica. El último día lo pasé allí. Y aproveché para hacer fotos a aquel pueblo tan bonito. Lz gente de allí, creo que no saben que viven en el paraíso. Por el camino me encontré a un niño llamado Fernando que me enseñó playas preciosas y pasé todo el día con él hasta que vino mi ferry.




Adiós Bucanero, adiós Islas Las Perlas, ha sido un placer.


Volví a Panamá City y me quedé unos días en un hostel bastante tranquilo. Descansando, cogiendo fuerzas y también para ducharme después de una semana y media sin poder hacerlo, negra salía el agua y de mi pelo aún quedaba krill seco, esa ducha me sentó muy muy bien.

La última noche se estaba celebrando un festival del Canal de Panamá a pocos metros del hostel, totalmente gratuito. Allí fui con un argentino y una texana y mi sorpresa fue cuando actuó Juanes en último lugar, me hizo mucha ilusión. Una buena despedida con fuegos artificiales para continuar con mi viaje.


lunes, 23 de enero de 2017

Valle de Antón (Panamá)



Un pueblo campestre situado en el cráter de un volcán, según geólogos. Desde que me bajé del miniautobús y pisé este pueblecito me encantó, fue una buena idea quedarme unos días.
El hostel en el que estuve fue una maravilla: mucha gente hippie y muy chulo decorado. El desayuno estaba incluido: unas tortitas de plátano deliciosas! Entablé algunas cortas conversaciones con algunos viajeros, como yo, pero en tres días tampoco se puede establecer una GRAN amistad, con la que más hablé fue con una chica llamada Marion de Curazao, muy simpática, está viajando y quiere conseguir un trabajo en Panamá City relacionado con la administración de barcos.

Nada más llegar, me puse en marcha para explorar. Fui a unas termas dónde me puse barro y me relajé después del viajecito en el bus que me mareó un poco. Allí, unas niñas panameñas, que pasaban unos días con su familia, me llenaron de preguntas: ¿Cómo te llamas?¿Eres de EEUU?¿Te gustan las patitas de cerdo con pimiento y cebolla?¿Cuál es tu libro favorito?¿Y tu película? Así hasta que sus madres dijeron que era la hora, no se querían ir.
Negra voy a volver
Después me fui al Cerro Cariguana (900m) que me había aconsejado la chica del hostel. Me costó un poco coger el camino correcto, me perdí… después de dos horas andando me dije a mi misma que como no encontrara el punto más alto me daría la vuelta. Por suerte pasó un chico con su familia en un quad y le pregunté, me había pasado el senderito que me llevaba hasta arriba del todo hace media hora… al fin llegué, atravesando un denso bosque con sonidos que jamás había escuchado. Cuando llegué a lo más alto me quedé alucinada con las vistas, quería creerme pájaro y saltar! Disfruté un buen rato de aquel espectáculo y antes de que bajara el sol me puse de vuelta (no quería salir de allí sin luz). Quizás, en ese momento, eché de menos estar acompañada para hacer la vuelta de noche, pero sola...ni loca (de momento). Por el camino me acompañaban el sonido de los grillos y ranas, poco a poco se iba haciendo de noche. De repente, a lo lejos, vi unos puntitos amarillos que se iluminaban intermitentemente. Me acerqué y en lo más oscuro del bosque había luciérnagas!!! Me quedé embobada mirándolas volar, cómo desaparecían y aparecían en otro lugar, fue un momento mágico. Eso de noche hubiera sido total. Por el camino apareció otra vez el chico del quad y me llevó cerca del hostel, ole!


Al día siguiente me propuse ir a la India Dormida por el sendero alternativo (y más largo) para ahorrarme 3 dolares. Tengo que decir que mereció la pena por todo lo que me fui encontrando por el camino. El cerro de la India Dormida, según me contó Lorenzo Sebastian Castillo Para Servirle, que me mostró dónde estaba, a lo lejos, se llama así por la apariencia de una mujer tumbada e india porque era un lugar dónde se colocaban los indios colombianos. Pero además existe una leyenda sobre ella, según se cuenta, en la época que llegaron los conquistadores españoles al Istmo, la preciosa Flor del Aire , hija del cacique Urracá, se enamoró de uno de los caballeros españoles. Yaraví, el más fuerte y agresivo guerrero de la tribu, estaba enamorado de la hija de Urracá. Pero al enterarse que la doncella le había entregado su corazón y su amor a uno de los conquistadores, él decidió quitarse la vida y se lanzó al vacío desde una montaña, frente a la mirada atónita de Flor del Aire. La princesa, acongojada por la muerte de Yaraví, decidió olvidarse de su amado español y empezó a vagar por las montañas llorando su desventura, hasta que la muerte la sorprendió recostada en lo alto y mirando hacia el cielo. Se dice que la naturaleza, conmovida por la triste historia de amor, decidió perpetuar la silueta de la princesa recostada. Don Lorenzo, después de haber estado un rato charlando me mostró el camino correcto, porque, una vez más estaba confundida. Llegué a la ladera de la montaña dónde me topé con casitas con muchas plantas exóticas cuando, otra vez, me sentí perdida y pregunté a un hombre que me abrió la puertecita y me enseñó el sendero escondido. A medida que avanzaba el camino era cada vez más empinado y sentía cómo mis pulmones no daban para más. Decidí hacer una pausa para contemplar las vistas preciosas hacia El Valle. Ya cuando alcancé el cuerpo de la India, justo dónde empiezan las piernas me encontré a grupo de chicos como de unos veinte años, panameños del pueblo de al lado, y nos fuimos juntos hasta la cabeza (1055metros). Tengo que decir que el camino no ha sido nada fácil. Parecía un camino de cabras. (En la foto del centro se puede observar a la India Dormida :-))
Empezamos a descender y el paisaje cambió por completo. Mucho más frondoso, verde y húmedo. Por el camino nos encontramos una cascada, Salto del Sapo, uno de los niños quería hacer honor a la cascada y nos bañamos. Hacía bastante calor y después de haber subido el cerro no venía nada mal un bañito refrescante con una de las aguas más puras de El Valle, la cual también bebí, al principio un poco incrédula, pero como vi a los niños beberla... Seguimos bajando y nos encontramos la famosa "Piedra Pintada", que recoge en petroglifos hechos por los antepasados indígenas gran parte de la historia de El Valle. Con la sabiduría de los grandes maestros, niños y jóvenes ayudan a descifrar los jeroglíficos expuestos sobre la piedra. Se trata, dicen ellos, de un mapa del territorio vallero. Al final del camino se puede ver una gran piedra también con petroglifos. Este sendero me ha encantado. Ha sido muy bonito, uno de los caminos más bonitos que he hecho en mi vida, también he sudado lo que no está escrito. Al llegar al pueblo los niños me invitaron a un refresco y querían seguir haciendo más planes conmigo, pero yo ya no daba para más, 6 horas de excursión está más que bien.

El último día me quedé descansando en las hamacas, leyendo, dibujando, pintando, viendo como gente se iba para continuar su camino y como otros viajeros llegaban para descubrir la magia que llena esta pueblo bucólico situado en el cráter de lo que fue un volcán.


Me pudo el ansia de conocer y salí por la noche a hacer una expedición. Quería volver a ver la luciérnagas. Cogí mi cámara, mi frontal, protector de mosquitos y empecé el camino que aquel día hice. Por el sendero, un manto de estrellas y unos puntitos, como purpurina, en los laterales. ¿Qué sería aquello?¿Agua condensada? No podía ser... me acerqué y eran los ojos de muchísimas arañas que con el brillo del foco creaban un efecto muy bonito, pero el suelo estaba plagado de arañas de un tamaño considerable! No encontraba a las luciérnagas y creí que era hora de volver. Me encontré a un pájaro muy bonito que intenté fotografiar como pude y un sapo del tamaño de mi puño. Ahora sí, mañana haré de nuevo las maletas y volveré a la ciudad para seguir dibujando mi camino.


viernes, 20 de enero de 2017

Panamá City, primeros días/Parte 1


Un duro viaje de avión para llegar hasta Panamá, 25 horas de viaje, ni más ni menos. En Punta Cana, la última escala, conocí a varios alemanes que también viajaban a Panamá. En esa escala de 9 horas nos hicimos todos amigos. Al llegar a nuestro destino, el cambio de temperatura fue brutal. En Berlín a -10 grados y aquí a 32. Entre todos nos cogimos un taxi. A mí me dejó la última. Me hice amiga del taxista y me dejó el viaje muy barato. Hicimos planes juntos para que me enseñara la ciudad, pero nunca se me grabó el número. Me supo un poco mal no poder escribirle. Estuve esperando en una cafetería a Beloki, un amigo de un amigo de la uni (Dani De.), para que me enseñara dónde me iba a quedar estos días.

Esa misma noche estaba nerviosa y no quise irme a dormir. Beloki y sus amigos tenían planes así que me fui con ellos a un bar en Casco Viejo a ver unos monólogos nada graciosos y magia sin magia, me reí de lo malos que eran todos. Cogí la cama de matrimonio, para mi sola, con mucho gusto esa noche, durante el viaje no dormí nada.
Al día siguiente fui a hacer una compra básica de frutas y hortalizas. El aguacate impresionante. Me hice una tostada con crema de queso, tomate y aguacate que te quedas loco. Tenía que coger fuerzas para el día que me esperaba.
Salí de casa y fui caminando por la Cinta Costera que rodea toda la ciudad por el mar, un lugar muy cuidado y con muchas flores.

Anduve bastantes kilómetros, pero el calor era inaguantable y decidí coger un taxi hasta Cerro de Ancón, dónde hay unas vistas espectaculares de la ciudad. Ya arriba me tumbé en la sombra, casi deshidratada y me despertó uno de los alemanes del principio, Simon.

Él iba con un amigo. Desde ese momento, pasamos el día juntos. Fuimos al Mercado de Marisco a comer Ceviche, muy rico, es como una ensalada que lleva cebolla, camarones y pulpo a la vinagreta. Después fuimos al Casco Viejo de la ciudad. Un lugar con bastante encanto. Los edificios están como desgastados, pero conservando mucho color,  parece como si el tiempo no hubiera pasado.

Hicimos una parada para tomar un Raspao, es un granizado artesanal. El hombre tiene un bloque de hielo en un carrito que lo RASPAN (de ahí el nombre) y luego eliges un sirope. Yo opté por el de coco, espectacular. Por último nos fuimos a un paseo de 2km que une la ciudad con unas islas, Causeway se llama. Allí, alquilamos una bici de tres y vimos el atardecer.
Llegué a casa cansadísima y quemada por el sol. Bebí a lo largo del día tres litros de agua y recién llegué a casa hice pis por primera vez, en serio.
Hoy he ido al Parque Natural Metropolitano. La selva dentro de la ciudad. Dicen que es el pulmón de la City. Me lo creo. He hecho todos los senderos que estaban marcados. Cuatro horas andando en busca de los animales que dicen que hay. No he llegado a ver a mucho mamífero. Había en la entrada del parque un perezoso, pero si me dicen que es otra cosa también me lo creo. He ido un poco tarde y me han dicho que los animales tienen mayor actividad por la mañana y cuando anochece, es decir, cuando no hace calor. Lo que sí he visto han sido unos árboles majestuosos, imponentes, de cientos de años, en el espesor de la selva, también ramas que no sé de dónde salían, con formas muy raras, lianas como las de Tarzán, muchas mariposas, grandes y pequeñas, de un montón de colores, una culebrilla, y muchos “gatos solos” (se llama así a un mamífero con la cola muy larga y con cara de ratón, no se parece a un gato), y ñeques que son como ratas gigantes que son fáciles de ver. Me he dejado llevar por el sonido de los pájaros que te envuelve durante toda la caminata, ha sido un paseo muy agradable, los senderos estaban muy bien marcados, respetando siempre el lugar.

Ahora estoy escribiendo desde la hamaca que tienen mis anfitriones en la terraza. No me puedo quejar! Mañana viajo a Valle de Antón, está a 2-3 horas de aquí. Beloki and Co me han ofrecido a ir a una fiesta este fin de semana en la playa, mucha gente, descontrol… he declinado el plan porque no es mi mayor sueño ahora mismo, pero pinta a fiestón!
Viajar sola, sin ataduras y decidir qué hacer en cada momento. Ser libre.



lunes, 12 de diciembre de 2016

La rana de ojos rojos

La rana verde de ojos rojos (Agalychnis callidryas)

Este dibujo lo hice en mayo. Por esas fechas ya estaba pensando que algo en mí tenía que cambiar, pero no sabía ni el qué, ni tampoco el cuándo. De algún modo tenía que encontrar una manera de dar un giro a mi vida.

Me puse a buscar en Internet, no me acuerdo muy bien el qué, pero me topé con este anfibio, la rana de los ojos rojos, símbolo de Costa Rica. Ya la había visto en algún documental, preciosa.

Ese día, no sé por qué razón, me puse a dibujarla. Traté, durante unos largos minutos, buscar "ese verde" mezclando amarillos con azules, un poquito de blanco por allí, un poquito de negro por allá, tardé un buen rato en encontrar el color adecuado para rellenar el contorno que había dibujado, hasta dar con ese verde, ese verde tan mágico que desprende esa ranita de ojos rojos y saltones. Mientras la pintaba, una sonrisilla se dibujó en mi cara y me pregunté a mi misma:

¿Por qué no la voy a buscar?